La Mano Del Destino
Trujillo creyó en el destino y se dejó conducir frecuentemente por él. Su actitud no es extraña. El propio Marco Aurelio, modelo de gobernantes sagaces e ilustrados, cuando se le informó que Casius, su mejor capitán, conspiraba contra su autoridad, se limitó a decir: "Si los dioses han destinado el imperio para Casius, para él será, porque ningún príncipe ha podido matar nunca a su sucesor. Si los dioses no quieren que reine, él mismo se entregará en nuestras manos, sin que tengamos necesidad de mancharnos con una crueldad."
Maquiavelo, el genio político que enseñó en "El Príncipe" al gobernante a esclavizar al pueblo y que en los discursos sobre Tito Livio enseñó a su vez al pueblo el arte de exterminar al tirano, es aún más explícito: "La suerte —dice— tiene una influencia extraordinaria sobre los acontecimientos humanos. Contra esa fuerza misteriosa, la rebelión resulta inútil porque todo el curso de la historia demuestra claramente que los hombres pueden secundar su destino, pero no pueden oponerse a él; pueden tejer los hilos de su vida, pero no pueden romperlos."
La muerte de Trujillo fue una consecuencia de la desaparición en New York del profesor vasco Jesús de Galíndez. La muerte de este inmigrante español se relacionó con la tesis titulada La Era de Trujillo, presentada por él ante la Universidad de Columbia para optar por el título de Doctor en Filosofía de esa Casa de Estudios. Los medios de publicidad del mundo entero se hicieron eco del suceso y tanto el Departamento de Justicia como la Oficina Federal de Investigaciones de los Estados Unidos, la Fiscalía del Condado y la Policía de la ciudad de New York, hicieron todos los esfuerzos necesarios para aclarar el misterio. Aunque se tenía la convicción de que la desaparición de Galíndez era obra de los servicios de seguridad de Trujillo, nada ha quedado en claro después de todo el despliegue de indagaciones que se hizo para descubrir la verdad y para establecerla con medios realmente probatorios. Lo único cierto es que este drama, iniciado con la muerte de Jesús de Galíndez y cerrado con la de Trujillo, el 30 de mayo de 1961, devoró a todos cuantos tuvieron en él alguna participación directa o indirecta.
Francisco Martínez Jara, alias El Cojo, quien participó materialmente en el secuestro de Galíndez, fue eliminado juntamente con éste. Le siguió su amante Gloria Viera, joven puertorriqueña a quien se le señaló como víctima de un accidente en la carretera entre Santiago y Puerto Plata, en agosto de 1956.
Un amigo íntimo de Galíndez, el estudiante dominicano de leyes José M. Azevedo, quien colaboró en la publicación de la obra La Era de Trujillo, fue también otra de las víctimas.
El que contrató los servicios de Murphy para el secuestro de Jesús de Galíndez, fue el Coronel del Ejército Salvador Cobián, quien se señaló así como el segundo testigo en importancia en el rapto y muerte del publicista vasco. Su muerte quedó decidida el 26 de octubre de 1956, fecha en que fue destituido del cargo de Jefe del Servicio de Seguridad. Había permanecido en esas funciones apenas cinco meses. Mientras ponía en orden su oficina para hacer la entrega de la misma a su sucesor, fue muerto a tiros por el teniente pensionado Andrés Avelino Tejada. EI matador era a la sazón miembro del Cuerpo de Ayudantes Militares del Presidente de la República, General Héctor B. Trujillo Molina. Con la muerte del Coronel Cobián desapareció otra de las piezas claves del secuestro de Jesús de Galíndez. La persona escogida para arrebatarle la vida, el Teniente Andrés Avelino Tejada, fue también muerto por miembros del Ejército Nacional que se hallaban presentes en la Oficina del Servicio de Seguridad en el momento del crimen.
El primer actor de la tragedia, el piloto norteamericano Gerald Lester Murphy, a quien su amiga Miss Sally Caire llamaba cariñosamente Gerry, según la publicación aparecida en el "New York Post", del 21 de febrero de 1957, corrió una suerte parecida a la de Galíndez, desapareciendo misteriosamente el 5 de diciembre de 1956. Había sido contratado para trasladar a Galíndez, secuestrado en momentos en que bajaba a una de las estaciones del subway de New York, desde Estados Unidos hasta la República Dominicana. Era, pues, un testigo de primera categoría del secuestro del publicista vasco. Cuando estalló el escándalo, fue decretada su muerte, y se le lanzó, según la revista "Real, edición del mes de octubre de 1957, en alta mar, en aguas infestadas de tiburones. La explicación oficial que dio entonces la Procuraduría General de la República Dominicana fue la de que había perecido en una Tiña. El columnista norteamericano Andrew St. George incluye a Murphy entre "los héroes trágicos”, y lo describe como una víctima del secuestro de Galíndez y como un individuo frustrado por un grave defecto físico, la miopía, que le impidió ingresar, como era su deseo, en la Fuerza Aérea de su país. Fue estudiante de aeronáutica en la Universidad de Oregón, y prestó servicios durante algún tiempo en una línea de taxi aérea de Florida.

Uno de los dos participantes del secuestro de Galíndez que sobrevivieron a Trujillo, fue el General Arturo Espaillat. La revista "Real" lo describe en los siguientes términos: "Era un hombre alto, delgado, tipo desdeñoso, de bigote delgado como un lápiz y de ojos fríos como los de un reptil.” Su nombre fue, sin embargo, incluido en la lista de los que debían desaparecer como testigos del crimen. El 1 de noviembre de 1957, Trujillo dispuso intempestivamente su traslado a la ciudad de La Vega. Espaillat sabía perfectamente lo que significaba esa orden e hizo cuanto estuvo a su alcance para eludirla. Dada su estrecha amistad con el General Héctor B. Trujillo, a la sazón Presidente de la República, y el libre acceso que tenía a la casa de doña Julia Molina viuda de Trujillo, logró que la orden fuera temporalmente revocada. Pero hasta el día de la muerte de Trujillo, no estuvo seguro de su suerte y vivió durante esos últimos años temeroso de que le alcanzara el maleficio de Galíndez y de la suerte trágica que cupo a todos los que participaron directa o indirectamente en ese crimen. Pero no logró escapar totalmente a su destino. Víctima de un accidente que lo dejó prácticamente paralitico, optó por suicidarse el 26 de septiembre de 1967. Fue la última víctima de “la mano del muerto”.
Del drama de Galíndez sólo queda, pues, un sobreviviente. Se trata, precisamente, de la persona que hizo que en la mente de Trujillo germinara la idea de la trama que culminó con la desaparición del profesor vasco, hecho alentado por las informaciones transmitidas por ese funcionario desde su residencia de New York, tanto por escrito como verbalmente, acerca del carácter libeloso del libro La Era de Trujillo, descrito en esas comunicaciones como una obra infame e injuriosa, en la cual no sólo se difamaba a Trujillo sino también a los miembros más queridos de su familia.

Lo que deseamos destacar, ante todo, es el hecho de que el destino trágico de Galíndez arropó con la misma intensidad a Trujillo. Desde que el profesor vasco desapareció, Trujillo caminó virtualmente sobre ascuas. La primera manifestación de ese estado de espíritu, fue la costumbre que adquirió de colocar un revólver cargado sobre su escritorio y mostrarse, aun con sus íntimos, más desconfiado y receloso. La fuerza con que lo atrajo el destino de su víctima, se patentiza en el poco oído que prestó, no obstante, esa particular situación de su ánimo, a las denuncias que le fueron hechas sobre el complot urdido para ultimarlo. Consciente o inconscientemente, oyó la voz de su Hado, y se encaminó, el 30 de mayo de 1961, hacia la hora final. Antes de abordar el automóvil en que fue emboscado, en la ruta que tantas veces recorrió para dirigirse a su hacienda de San Cristóbal, había confiado a su hija Angelita que le ocurría algo extraño y que se sentía como “turulato”, expresión usual con la que el pueblo dominicano suele referirse al caso de una persona que se halla un poco fuera de sí e inexplicablemente aturdida.
Julio César fue interceptado, mientras se dirigía al Capitolio, en donde le esperaban sus asesinos, por una mujer que le advirtió sobre la conjura, instándolo a que cambiara sus planes. El amo del mundo, sin embargo, desoyó esa voz admonitor y siguió, arrastrado por su destino, hacia el magnicidio en que algunas horas después debía caer, víctima de sus propios amigos.
#Fuente
“La Palabra Encadena”
Joaquín Balaguer